viernes, 20 de febrero de 2015

APICULTURA URBANITA (PALENCIA PIONERA)

Madrid_

El segmento laboral más eficiente de Nueva York no lleva corbata ni está pendiente del Dow Jones. Ha montado su oficina entre rascacielos pero jamás ha encendido un ordenador. Como a sus compañeros del frenético Manhattan, a ellas también se les pasa el tiempo zumbando (unas 10 horas al día para ser precisos). Han aterrizado las abejas en áticos y azoteas para elaborar rica miel urbana, diminutas obreras que se han puesto de moda en la ciudad que nunca duerme y que rinde culto a todo colectivo que optimice el rendimiento laboral y mejore el entorno.

Si no hace mucho fueron los jardines y huertos domésticos lo más en boga, ahora irrumpen las colmenas metropolitanas como tendencia entre ejecutivos, foodies y hipsters. Crecen sus adeptos desde que se levantara la prohibición en 2010 para un país con casi tres millones de colmenas. Se multiplica la adhesión (y rentabilidad comercial) y se desdoblan los apicultores (se cifran en unos 300 los que domestican las 258 clases de abejas melíferas y salvajes neoyorquinas). Muchos hacen doblete: por la mañana no separan los ojos del monitor y por la tarde se los protegen con mascarillas para cuidar panales y colmenas.
La mayoría forma parte del batallón de la New York City Beekeepers Association. Como Andrew Coté, su presidente y afamado ecohéroe de la Gran Manzana, que atiende a Fuera de Serie entre sus dulces menesteres. “Comencé en la apicultura cuando tenía 10 años, junto a mi padre, que entonces era bombero [trabajó en tareas de salvamento del 11-S] y que todavía es apicultor. Me mudé a Nueva York en 2007 y fue cuando me empleé en ello a tiempo completo”. Nacido a 45 minutos del río Hudson, vende miel a US$15 la tarrina. Las referencias parecen un tour turístico: polen de Brooklyn, jalea real de Queens, miel batida de la Segunda Avenida con la calle 14... Los miércoles se aposta en el mercado de granjeros de Union Square; los viernes, junto al Ayuntamiento; los domingos en Tompkins Square. Los botes de cristal vuelan.
Andrew también despacha enjambres, equipamiento y servicios apícolas desde su empresa Andrew’s Honey e imparte talleres por todo el mundo. “El año pasado estuve en Islandia, Kenia y las Islas Caimán. Ahora me marcho a Copenhague y Berlín, luego a Cuba...”, explica quien también pasó por Valencia para visitar las cuevas de Bicorp. Allí disfrutó de las primeras pinturas rupestres -8.000 años de antigüedad- que reflejan interactuación con abejas. “La apicultura se disfruta en muchos centros metropolitanos como Nueva York, París, Londres, Hong Kong, Tokio, Berlín... Hay riesgos, pero son mínimos [a él le pican todos los días]. En las ciudades la gente se mata por los taxis y los ciclistas, pero a nadie se le ocurre ilegalizarlos. La apicultura es una hermosa manera de conectar con la naturaleza en un entorno urbano”, subraya.
Como explica Coté, no sólo el Bajo Manhattan ha vivido esta invasión controlada de enjambres urbanos. En París, donde tambien se ha abierto la veda a las colmenas domésticas, un ejemplo son las instaladas en la Opera Garnier de París. Todo partió de Jean Paucton, de 76 años y encargado del mobiliario del recinto durante años, quien decidió instalar unas colmenas en el tejado, sorprendiéndose a la semana de ver las mismas rebosantes de miel. Jean ha llegado a vender en los distinguidos escaparates de Fauchon. El kilo de su miel ha alcanzado hasta US$136. Y ya sueña con hacer lo propio desde el cimborrio de la Torre Eiffel.
El hostil medio rural
Como Jean, otros emprendedores han instalado panales en 300 puntos de París que se pueden consultar en Google. “Esta idea surgió en Francia porque en 1994 aparecieron los pesticidas y plaguicidas con neonicotinoides. Por su culpa moría entre 30% y 40% de la colmena. Se acabó demostrando que el medio rural era hostil. Los franceses comprobaron que la miel de ciudad era fantástica y que la mortandad era menor”, explica Suso Arey, portavoz de AGA (Asociación Galega de Apicultura) y promotor del apiario del Jardín Botánico de Culleredo (La Coruña), que desde 2011 da una fantástica miel de eucalipto.
Extrapolar este activismo a enclaves como las azoteas de la Torre Picasso de Madrid o del Hotel Arts de Barcelona parece, de momento, lejano. En la actualidad, esta actividad se regula por el Real Decreto 209/2002. Queda a la observancia de cada comunidad autónoma regular el sector a partir de este texto.
Los efectos sobre la salud
Desde hace años, y no sin cierta controversia, se conocen las bondades de la apiterapia, es decir, el uso discrecional (previo análisis de sangre para comprobar la tolerancia del paciente) de la apitoxina de la picadura de abeja para atenuar reumas, artritis, lumbagos, afecciones respiratorias y hasta el estrés. ¿Cómo incidiría en la salud del perímetro próximo de una comunidad la instalación de una colmena? Aún no hay informes definitivos que demuestren y certifiquen los beneficios sobre la salud de enjambres y, además, algunos alergólogos consultados recelan de las colmenas en núcleos metropolitanos por temor a las picaduras.

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